El concepto de alienación es un concepto totalmente ignorado a nivel general, incluso en los sectores más cultos de la sociedad. Cualquier persona que tenga un buen nivel de estudios, que incluso alcance la formación superior, tiene una vaga noción de lo que es la alienación. Las personas que por su inteligencia o cultura son capaces de definir el término, muestran una comprensión del mismo que se queda en lo meramente definicional, lo meramente teórico, sin alcanzar a comprender las comprometedoras implicaciones prácticas que la alienación tiene a nivel psicológico en su vida cotidiana. Hubo que esperar a que Karl Marx y Friedrich Engels, en el siglo XIX, dsarrollaran el significado concreto de este término a nivel socioeconómico, para que algunas personas, por sus intereses políticos y filosóficos, tomaran cierta conciencia de la importancia de este fenómeno. Estos filósofos, aplicaron las concepciones hegelianas, que el propio Hegel desarrolló a partir de las influencias que recibió de la filosofía humanista de Rousseau, y la medicina moral desarrollada por Pinel, médico del siglo XVIII que llevó al mundo de la salud mental las concepciones griegas que Aristóteles transmitió sobre la alienación a la escolática medieval. La alienación, en cualquiera de sus niveles, económico, social, político o psiquiátrico, es siempre un fenómeno de sutiles connotaciones psicológicas que se hallan en la base de todas las formas sociales que esta adopta. Por alienación se suele entender una forma de relación o contrato económico basado en la explotación de la fuerza de trabajo del obrero, o bien, un estado de perturbación mental propio de algunos casos extremos de locura, pero en ningún caso se relaciona con el sistema educativo, y mucho menos con el estado ordinario de conciencia psicológica de la gente común. En su sentido general, la alienación se puede definir sencillamente por el proceso en que una entidad enajena y toma el control de otra, apoderándose de todas sus acciones, y del producto de las mismas, en función de sus propios intereses. Un símil que se puede utilizar para comprender el concepto, es el de la relación, de tipo simbiótico, en la que un parasito vampiriza a otro organismo para extraerle su energía vital y alimentarse de esta. En este caso, se trata de tomar conciencia de cómo la alienación se encuentra presente en ciertos aspectos del sistema educativo implantado actualmente en todo tipo de centros de enseñanza tanto básica, como media o superior.

El sistema de enseñanza académica aplicado actualmente en colegios, universidades y todo tipo de centros de estudios en general consiste, básicamente, en el estudio memorístico de diversas materias. El estudio memorístico supone una mera imitación del conocimiento, que consiste en introducir información en la memoria permanente para que quede definitivamente fijada en esta. Normalmente el alumno recibe información de forma pasiva y, sin someterla a ningún tipo de análisis crítico, debe de repetirla mecánicamente hasta que esta quede incorporada en su estructura cognitiva y sepa reproducirla con el mayor nivel de precisión posible. Esta información va formando una red neuronal cada vez más densa que queda fijada en la cabeza sin un referente concreto derivado de la experiencia directa del estudiante con la materia tratada, de manera que carece de significado práctico y vivencial. El efecto que esto tiene sobre la persona es romper su contacto con la realidad concreta, ya que cree conocer lo que ha memorizado como si lo hubiera experimentado de forma directa en su cuerpo, cuando esto no es así. La persona se engaña ingenuamente por el hecho de poder hablar acerca de lo que estudia con cierta fluidez y dominio. A medida que la información se asienta en el cerebro, va estructurando la percepción de la persona y creando una imagen condicionada del mundo tal y como si se hubiera puesto una gafas que luego no fuera capaz de sacarse. Esta imagen se acaba constituyendo como modelo conceptual y guía de la forma de vida del estudiante, que en ningún momento duda acerca de que ésta pueda ser una simple hipótesis incompleta o equivocada. En realidad, como ya dejó claro Karl Popper, la ciencia no es más que un entramado de hipótesis que solamente han sido confirmadas en cierto grado de su capacidad explicativa, y que, en muchas ocasiones, presentan un grado de confirmación muy bajo pero que por ciertos intereses se aceptan como si su confirmación cubriera el cien por cien de su alcance explicativo. Esto sucede porque a los científicos, y demás autoridades en diversas materias, se les exige una cualificación académica, y se reconoce su autoridad una vez la acreditan, pero en ningún momento se duda acerca del estado de maduración mental de la persona, ni se tiene en cuenta que sus afirmaciones puedan estar sesgadas por sus taras personales y su nivel de conciencia, que en la mayoría de los casos no rebasa el ámbito psicológico. En consecuencia, se puede ver cómo cada edad histórica supone la educación de generaciones sucesivas en las hipótesis científicas o mitológicas de una cultura en particular, en forma de una cosmovisión que define lo que se suele denominar el espíritu de la época. Este hecho provoca el fenómeno de las corrientes de pensamiento, es decir, sistemas de pensamiento con ciertas características que son adoptados por los intelectuales de la época, que no hacen mas que pensar en base a los parámetros circunscritos de un sistema conceptual en particular, en el que el único que pensó de verdad fue su fundador. Esto es lo que sucede con todo tipo de ideologías, lo que se hace especialmente evidente en los seguidores de ideologías políticas, que no hacen más que dejarse influir por ciertas corrientes de opinión y razonar, ciega y automáticamente, en función de sus parámetros conceptuales. Este hecho evidente muestra que el pensamiento ideológico se reduce a un amalgama de opiniones, preconcepciones, prejuicios, estereotipos, consignas y frases hechas memorizadas mas o menos inconscientemente, que no son autentico pensamiento por muy sofisticadas y atractivas que resulten. Esto es lo que diferencia el pensamiento libre y creativo, del pensamiento sujeto, preconfigurado y meramente reproductivo.

Este método de estudio se aplica a un ritmo alto, que esta por encima del ritmo cerebral natural de asimilación. Esto impide la asimilación significativa y razonada de la información memorizada, quedando esta fijada en el cerebro como una especie de sincretismo de datos inconexos, es decir, como una tela cosida a retales, un tejido confeccionado cosiendo diferentes trozos de tela que, muchas veces, no combinan bien unos con otros o entran en abierta contradicción, en lugar de constituir un tejido uniforme, armónico y coherente, confeccionado en función de la realidad de la vida. Por esta razón, el  estudio memorístico no constituye más que un reflejo mimético de conocimiento, una burda imitación que perjudica seriamente el pensamiento racional y reflexivo. Este efecto de tela cosida a retales se puede apreciar cuando la conversación de una persona sigue una linea excesivamente artificial, en ocasiones pedante, en la que aporta largas explicaciones con continuas referencias a figuras de autoridad en diferentes materias, citando lo que dijo uno y lo que dijo el otro, pero no aporta nada al discurso de su propia producción, resultando este, simplemente falto de vida, aburrido y pesado. El alto ritmo de los procesos académicos de enseñanza se fundamenta en el exceso de materia e información acumulada en cada área de estudio. Este exceso de información obliga a los docentes a sacar cada vez más materia adelante en sus clases de una forma más acelerada y superficial, para que les dé tiempo de cumplir el temario, y así, queden libres de culpa si los alumnos suspenden las pruebas de examen. Es decir, como cada vez hay más cantidad de información en la materia de estudio, hay que impartirla de forma más apurada y superficial para que pueda dar tiempo a verlo todo, y el sistema apruebe tanto al docente como al alumno. Este proceso no tiene límite, ya que cada vez hay más información disponible en cada materia y el avance de las investigaciones científicas actualiza a un ritmo vertiginoso los datos.

El desarrollo tecnológico produce una aceleración de los procesos psicosociales de comunicación, administración y gestión, de manera que la información fluye cada vez más rápido y crece de una forma exponencial. La sociedad tecnocrática ha invertido el sentido del servicio entre la tecnología y el hombre, de manera que ahora el hombre se encuentra al servicio de la tecnología, y no ya la tecnología al servicio del hombre. La prueba de esto es que, la condición postmoderna, requiere dedicar cada vez mas y más tiempo a la actualización de la información y los conocimientos que se tienen, de manera que las personas dependen absolutamente para vivir del desarrollo de nuevas informaciones, muy a pesar de su voluntad. Cualquier carrera universitaria, o especialidad profesional, abarca actualmente el doble, o el triple, de materia que hace cincuenta años, con lo que el tiempo empleado hoy en día para culminar la formación teórica en un área profesional corresponde al tiempo dedicado por la anterior generación a formarse en dos campos profesionales. Esto se debe no sólo a la proliferación frenética de información, sino también a la vertiginosa especialización de las diferentes áreas de conocimiento. Esta especialización fragmenta de tal manera el conocimiento que, al final, cada persona acaba siendo erudita en un área ínfima de la realidad, pero una completa ignorante en el resto de áreas de la vida. Esto deriva, paradójicamente, en el hecho de crear una especie de idiotas sabios, completos ignorantes de la vida pero doctorados en las características de la antena izquierda de la hormigas rojas africanas. El resultado es que el sistema educativo se encuentra actualmente en una peligrosa espiral que consiste en disponer de cada vez más información y demandar, a su vez, esta información disponible a las personas que pretenden adquirir formación para acceder a un puesto profesional. En esta espiral informática, las personas que aspiran a capacitarse en un área profesional reciben un mensaje inconsciente que se podría traducir como que «si quieren ser aprobados y bien considerados, tienen que alienar su cabeza con estas cantidades ingentes de información». Es decir, que para que la persona sea aprobada, lo que significa implícitamente ser considerada digna de amor, tiene que saturar su cerebro de una ingente cantidad de información que, en la mayoría de los casos, por ser absolutamente incomprendida deriva en una autentica alienación psicológica de la persona y de su genuino pensamiento. Esta alienación es una forma de neurotización de las personas, porque les impide conseguir un criterio consistente y fijo de apoyo. Esto sucede porque la información se actualiza a un ritmo vertiginoso, y estas actualizaciones se hacen efectivas de forma inmediata, de manera que la gente, que ha aprendido a ser valorada y querida por estar a la última en los avances y «sabérselo todo», se ve inmersa en una angustiosa persecución de las novedades informativas para no perder el hilo de la actualidad, y evitar la profunda angustia de sentirse indigna, es decir «suspendida», si «no se sabe» las últimas novedades en su campo. Tal ritmo de producción cultural de datos hace que estos sean cada vez mas superficiales y faltos de contenido, en la mayoría de los casos meras copias y reformulaciones de contenidos ya existentes, a los que se les cambia la terminología y se tratan de presentar como productos novedosos, normalmente adaptados al espíritu abúlico y mercantilista de la época. En conclusión, las personas viven una vida alienante que las somete a tener que correr a diario detrás de la información como ratones en un rodillo que corren y corren dando vueltas sin llegar nunca a ninguna parte.

Para comprender este dramático hecho no hay más que pensar detenidamente en lo que es el fanatismo en cualquiera de sus modalidades. Este consiste en la alienación informática de la mente de personas que se hallan en un estado mental de fijación infantil, y por su estado de inmadurez psicológica, que implica la incapacidad de razonamiento reflexivo, acaban siendo siervos de una serie de premisas dogmáticas memorizadas, en ocasiones racionales y en ocasiones absolutamente fantásticas, que absorben y malogran sus vidas. La persona fanática pone su identidad en la información que ha entrado en su cabeza y la mantiene de una forma radical y, en el fondo, supersticiosa, no sólo en los fanatismos religiosos sino que también, de una forma más encubierta, en los fanatismos científicos. El fanatismo religioso consiste en la memorización de dogmas de fe, tal y como el fanatismo científico consiste en la memorización de dogmas de razón, es decir, en la defensa radical de dogmas de razón que no se han comprendido en absoluto, y a los que no se ha llegado a través de la propia reflexión. Los dogmas de razón consisten en afirmaciones racionales, y razonadas, acerca de diferentes fenómenos que las personas aprenden de memoria cuando estudian sin ningún análisis crítico, por lo que estos son el resultado de la heterorreflexión, o reflexión de otros, memorizada por uno, y no de la autorreflexión, por comprensión y conclusión propia. La heterorreflexión memorística es un fenómeno equivalente a la heterosugestión, proceso psíquico mediante el cual un sujeto introduce en la mente de otro, o le fuerza amablemente a introducirse él mismo, un contenido que va a provocar en éste un pensamiento, actitud o comportamiento determinado. La sugestión es el principio cardinal de la hipnosis, el elemento rector que dirige al hipnotizado en una dirección u otra, ya sea religiosa o materialista; el estado de conciencia de trasfondo es exactamente el mismo. Se puede argumentar que las carreras de ciencias como física o cualquier ingeniería, exigen la comprensión razonada lógico-matemática de las materias, pero esta comprensión no deja de ser una memorización de la mecánica matemática de sus contenidos, de los que se ignora por completo su significado concreto, ya que no han sido ni descubiertos y ni concluidos por el pensamiento reflexivo del estudiante en su experiencia directa. Por este motivo, cualquier estudiante universitario tiene a los veinte años, aparentemente, mas conocimiento que cualquier genio del pasado que ha invertido toda una vida para comprender lo que los estudiantes de hoy memorizan en una semana. Ahora bien, se puede comprender que el conocimiento que Albert Einstein obtuvo del fenómeno de la relatividad a través de toda una vida de trabajo comprensivo, no tiene nada que ver con el conocimiento que cualquier estudiante obtiene del mismo tras haber memorizado su teoría y creer que eso «ya se lo sabe».

Las pruebas para el examen de este proceso de estudio memorístico consisten en una mera recitación de la información grabada en el cerebro, en ocasiones absolutamente al pie de la letra, y en otros casos dando pequeños margenes de parafraseo en el desarrollo de las materias. En las materias de ciencias exactas, las pruebas se limitan a confirmar que el alumno sabe aplicar la mecánica matemática de los problemas planteados, es decir, que ha memorizado esta mecánica en sus pasos sucesivos, así como la aplicación de las formulas correspondientes, en un sentido u otro, según en qué lugar se encuentre la incógnita planteada en el problema. En consecuencia, este método de evaluación aprueba la alienación del pensamiento y no el pensamiento auténtico. En ningún caso se evalúa lo que el sujeto piensa acerca de las materias estudiadas, mucho menos su valoración crítica de las mismas, sino que se aprueba solamente que recite o redacte, con la mayor precisión posible, lo que pensaron y dijeron otros acerca del tema en cuestión, que son considerados autoridades en la materia, y que apuntan hacia los intereses particulares del sistema de turno establecido. En relación a los exámenes tipo test, estos se suelen aplicar con una restricción temporal de tal forma que a los alumnos no les da tiempo más que para ver de manera refleja la respuesta sin tener que pensar nada, ya que la actividad cognitiva en este caso se limita a localizar el archivo memorístico al que se refiere la pregunta. Esta modalidad es indudablemente peor que la de redacción, ya que tener que escribir exige cierto esfuerzo mental de estructuración del contenido que permite procesarlo lógica y coherentemente en cierta medida, aunque durante el examen se vomite todo un volumen de información que dentro de unos meses ya no se recordará en absoluto, a nivel consciente, pero quedará como una maraña confusa de datos incomprendidos a nivel inconsciente. Las preguntas de examen tipo test constituyen simples estímulos que evocan sus correspondientes respuestas en el cerebro de una forma refleja, tal como han demostrado los desarrollos posteriores a los planteamientos de los psicofisiólogos Séchenov, Bechterev y Pávlov de las funciones mentales superiores como conductas reflejas. El sujeto no piensa absolutamente nada en esta modalidad, simplemente trata de identificar en su memoria el dato al que la cuestión se refiere y, si no lo encuentra, trata de deducir, o directamente acertar la respuesta correcta. Lo mas peligroso es que, a medida que la persona aprueba exámenes, esta aprobación va reforzando poderosamente esta mecánica de reflejos superiores corticales condicionados, de manera que la persona aprende a ser valorada y considerada por el grado de alienación informática de su cabeza, manejada de forma refleja y mecánica, y no por la calidad de su pensamiento reflexivo, voluntario y consciente.

El aprendizaje memorístico es el nivel más bajo y ordinario de aprendizaje que existe, que está muy lejos del aprendizaje significativo, ya que a nivel práctico genera el fenómeno del analfabetismo funcional, es decir, que la persona lee y memoriza pero no comprende en absoluto lo que lee en su significado concreto. Cuando este funcionamiento cognitivo se hace algo habitual en la inteligencia de la persona, se va generalizando a ámbitos personales, sentimentales, familiares, de manera que la persona acaba comprendiendo la vida de una forma dramáticamente superficial, ya que su sistema cognitivo está habituado a no analizar las experiencias de forma reflexiva y en un estado de relajación profunda, para sacar su auténtico significado. El aprendizaje significativo es autorreferente, en el sentido de que la persona lo refiere siempre a su propia experiencia sometida a un detenido análisis crítico de la misma, en estados de profunda relajación en interiorización. Todo aprendizaje que no está mediado por el propio cuerpo de alguna manera, por la propia experiencia más o menos directa de la materia, la cual ha sido procesada y comprendida a un nivel profundo tras un detenido discernimiento, y que ha demostrado tener una funcionalidad práctica consistente en la realidad, no puede ser considerado aprendizaje significativo. El aprendizaje memorístico se puede considerar una fase temprana e inicial del aprendizaje significativo, pero lo que pasa es que se obliga al estudiante a estudiar tal cantidad de materia a un ritmo tan rápido, que no se le da la oportunidad de procesar ni dar significado autorreferente a nada de lo que graba en su memoria. Es más, el criterio tácito que se maneja es que el sujeto sepa citar el mayor número de autoridades en la materia, en una especie de presunción implícita de alto estatus y conocimiento elevado del tema tratado. Las grandes mujeres y los grandes hombres de la historia se caracterizan precisamente por esto, por haber pensado las cosas por sí mismos, estuvieran más o menos equivocados en sus conclusiones, y a pesar de que fueran materialistas o espiritualistas.

El sistema educativo memorístico se basa en el axioma de que la inteligencia es la mayor capacidad del ser humano, que lo caracteriza como tal, lo cual es falso. La inteligencia es una facultad propia de todos los animales, sin excepción. La mayor facultad del ser humano es la consciencia, que se halla por encima de la inteligencia, y que lo diferencia de los animales. Pero cuando se habla de consciencia no se hace referencia a la conciencia psicológica ordinaria propia del estado de naturaleza del ser humano, sino que se hace referencia a una conciencia superior que ha de ser desarrollada por voluntad propia, por medio de la elevación del nivel de vigilia y el conocimiento de uno mismo, consiguiendo así el desarrollo de la conciencia espiritual. La conciencia psicológica es también característica de los animales ya que estos, cada especie en su nivel, también poseen un alma psíquica con inteligencia. La memoria es una función básica de la inteligencia perteneciente a la conciencia psicológica, razón por la que la capacidad de memorización es una capacidad que el ser humano comparte con el resto de los animales, como los monos y los loros. Los monos son perfectamente capaces de memorizar datos y dar respuestas coeherentes con la información retenida para lograr un premio, y los loros son capaces de retener y emitir desde palabras sueltas hasta frases completas, no sólo por medio del conocido reflejo vocal de estas aves, sino de una forma inteligente para recibir un premio. Lo delicado de este asunto es que cuando el mono que memoriza es el mono que el hombre lleva dentro, el estudio memorístico lo que hace es refinar la inteligencia animal propia del estado natural de conciencia psicológica de las personas. El hacer que un mono memorice palabras no convierte al mono en ser humano en absoluto, sino que, lejos de humanizarlo lo convierte en un mono ilustrado que utiliza su inteligencia memorística para refinar y justificar sus monerías, de manera que, a efectos prácticos, la inteligencia se halla sometida a sus pasiones y compulsiones animales. Para que un mono deje de ser un mono y se convierta en un ser humano no sólo tiene que estudiar y culturizarse, sino que, principalmente, tiene que eliminar sus pasiones animales. Las pasiones animales de la conciencia psicológica se manifiestan como todo tipo de vicios y compulsiones que guardan un trasfondo instintivo e inmoral oculto. En la medida que éstas pasiones se van eliminando, se va desarrollando un estado de conciencia metapsicológico que permite que la persona se vea y se venza a sí misma, estado que deriva, en último término, en el desarrollo de un estado superior de autoconciencia denominado conciencia espiritual.

En este sentido se ha equiparado, ingenuamente, el hecho de memorizar, y saber hablar de un tema, con el hecho de comprender y saber sobre este tema. Aquí se encuentra el máximo error de la educación actual, el creer que el hecho de que un sujeto sabe hablar de algo significa que entiende aquello de lo que habla e incluso que posee un criterio experimentado acerca del tema. Nada más lejos de la realidad, ya que la inteligencia y el desarrollo lingüístico del ser humano actual le permite hablar con fluidez de temas que no comprende en absoluto y que no ha experimentado en su cuerpo lo más mínimo, pero que, por el hecho de hablar con fluidez y manejar con cierta agilidad esta información desde su memoria, da la apariencia de que el sujeto sabe de lo que habla. Por esta razón se puede encontrar a personas expertas en todo tipo de temas a un nivel meramente teórico que no practican ni experimentan en absoluto lo que hablan, fenómeno que ha dado lugar a la conocida expresión de filósofos de escritorio. Un buen ejemplo extremo de esto, sería el irónico caso en el que un médico doctorado en ciclos menstruales le explicase a una mujer lo que es la regla, ya que, si bien podría ser útil, el conocimiento del medico de sexo masculino jamas llegará al grado de realidad del de la mujer, aun siendo una analfabeta. Esto se hace especialmente evidente en disciplinas eminentemente prácticas, por lo que es frecuente encontrar en el campo del arte expertos en pintura que nunca han pintado o expertos en cerámica que nunca han tocado el barro, o también, en artes de carácter coreográfico, en las que se pueden encontrar a expertos en danza que nunca han bailado, expertos en artes marciales que nunca han luchado, y así sucesivamente. El colmo de este fenómeno de la educación teórico memorística del mundo contemporáneo, es encontrarse neumólogos que fuman, nutricionistas obesos, coardiólogos que no hacen ejercicio físico, políticos que no han estudiado política, jueces corruptos, abogados que se saltan las leyes, y un sin fin más de incoherencias teórico-prácticas resultantes de la separación realizada, a inicios de la Edad Moderna, entre ciencia y moral, con la inocente pretensión de practicar ciencia «pura».

El sistema educativo identifica la inteligencia como la mayor facultad humana, y actúa bajo la convicción de que cuanto más se desarrolle esta más se humaniza a la persona y más se incrementa su ser. Pero como la máxima facultad del ser humano es la conciencia, la realidad es que sólo el aumento de la conciencia produce el crecimiento del ser, ya que la conciencia es una función que deriva del ser. El problema es que se confunde la inteligencia, como facultad de la conciencia psicológica ordinaria, con la conciencia espiritual, como manifestación del ser que el humano lleva en su interior. En este sentido se equipara el poder memorizar y hablar de algo, al hecho de tener conciencia del tema en cuestión, pero la conciencia no tiene tanto que ver con la capacidad de hablar sino, más bien, con la capacidad de callar, aquietar el pensamiento y permanecer en silencio mental, manteniendo la atención en estado de alerta y vigilia. Cuanto más tiempo uno se mantiene en este estado de alerta, más se desarrolla su conciencia y más crece su ser. En este acto de dominio de la atención, se puede decir rigurosamente el oráculo de que la inteligencia brilla por su ausencia. La conciencia es la única facultad exclusivamente humana, y esta se define por la capacidad de darse cuenta, darse cuenta de lo que la inteligencia piensa, el corazón siente, y los instintos apetecen y desean, para luego valorar si tales pensamientos, sentimientos y deseos son apropiados o no, es decir, son morales y humanos, o inmorales y animales. De forma bastante ingenua, se considera que por medio del estudio memorístico las personas aprenden las materias que estudian y desarrollan su inteligencia general, pero hablando rigurosamente, el hecho es que solamente se desarrolla un tipo de inteligencia, perteneciente al ámbito de la conciencia psicológica, denominada inteligencia cristalizada. La inteligencia cristalizada se refiere al deposito de conocimiento cultural que existe en el cerebro del sujeto, la memoria de conocimientos culturales en base a los cuales simplemente se puede desarrollar un tipo de razonamiento absolutamente condicionado por estar circunscrito a unos parámetros prefijados, de los que no se puede salir. Es decir que la educación memorística no desarrolla la inteligencia consciente relativa al nivel superior de conciencia espiritual, sino que se limita a desarrollar la inteligencia del ámbito de la conciencia psicológica, y en este nivel inferior, lejos de desarrollar lo que algunos psicólogos han denominado inteligencia general o fluida, la inteligencia que desarrolla es la de más bajo nivel, es decir, la inteligencia cristalizada, no reflexiva, sujeta al analfabetismo funcional y, por lo tanto, carente de capacidad significativa. Esto es lo mismo que decir que desarrolla la inteligencia inconsciente de más bajo nivel.

La inteligencia cristalizada es una inteligencia petrificada, un conocimiento circunscrito que no sirve más que para manejarse correctamente en una sociedad determinada, o en cualquier otro sistema de la naturaleza que sea, cultural, físico o virtual, pero no para manejarse correctamente en el sistema viviente y cambiante que constituye el mundo. El éxito en la vida depende del desarrollo de una inteligencia consciente, fluida y viviente que se halla más allá de la inteligencia ordinaria propia de la conciencia psicológica, por eso este proceso de petrificación de la inteligencia se puede definir como un proceso de alienación psicológica de carácter necrofílico. La inteligencia auténtica es, siguiendo esta terminología de la psicología diferencial, la inteligencia fluida, en la que se encuentra la pura capacidad de razonamiento libre e incondicionado. La inteligencia cristalizada se relaciona con lo que los estudiosos de este área, como el psicólogo diferencialista Joy Paul Guilford, denominan pensamiento convergente, un tipo de pensamiento limitado a los parámetros aceptados convencionalmente por la sociedad. De hecho, las pruebas de examen de cualquier materia se dirigen a evaluar la capacidad que uno tiene de ajustarse a los estándares del paradigma científico y social vigente. Habría que plantearse si este paradigma imperante obedece a la realidad de la vida o es simplemente una sutil racionalización neurótica que la niega. La inteligencia fluida se relaciona con el pensamiento divergente, un tipo de pensamiento que discurre por posibilidades no contempladas convencionalmente, y que por esta razón es mas libre y creativo, es decir, generativo y no reproductivo. El sistema educativo memorístico desarrolla, hasta la hipertrofia, la inteligencia cristalizada, saturándola por completo de información, hasta que la inteligencia fluida queda absolutamente anulada. En este sentido, existe la creencia implícita de que cuanta más información se memorice, y más rápido se maneje ésta, más inteligente es el estudiante y mejor capacitado está. Esta creencia proviene de lo que se denominó, en la primera mitad del siglo XX, la metáfora del ordenador, en el paradigma filosófico de las ciencias de la computación y, más adelante, en el paradigma científico de la psicología cognitiva.

La metáfora del ordenador fue concebida a través del trabajo conjunto de filósofos, psicólogos y matemáticos dedicados al desarrollo de los primeros ordenadores, en el campo de la teoría de la computación y la ingeniería electrónica al servicio de la inteligencia artificial. Entre muchos personajes que intervinieron en este proceso, los más conocidos quizá sean Alan Touring, John Von Newman, y Burrhus Frederic Skinner. Cuando los primeros informáticos como Alan Turing, quisieron desarrollar una maquina inteligente, se inspiraron en los modelos del cerebro que los filósofos y los psicólogos de la época les facilitaban acerca de cómo se desarrollan los procesos de pensamiento y conducta intencional. Los modelos de inteligencia procedían de la tradición aristotélica escolástica medieval, culminada por Avicena, Averroes y Tomás de Aquino. En concreto Averroes, en su obra titulada Gran comentario, desarrolla la distinción aristotélica entre intelecto agente e intelecto paciente, describiendo cómo funciona la inteligencia humana y relacionándola con las estructuras cerebrales. En base a esta tradición filosófica, seguida por psicólogos de inicios del siglo XX dedicados al estudio de la inteligencia, como Thorndyke, Spearman y Thurstone, psicólogos y matemáticos razonaron que para desarrollar una máquina que realizara cómputos inteligentes, podían inspirarse en el funcionamiento del cerebro, y así surgió la formulación contemporánea de la metáfora del ordenador, en el marco de la incipiente teoría computacional. En realidad, la metáfora del ordenador es la denominación que se dio en el siglo XX a un problema planteado ya desde inicios de la filosofía de la Edad Moderna, con el surgimiento de la cosmovisión mecanicista de manos de Descartes, Newton y otros filósofos de la ciencia. Este era el problema planteado por la noción cartesiana del cuerpo como una máquina pensante, a raíz de sus concepciones dualistas. Descartes definió matemáticamente al universo como una gran máquina, y al cuerpo físico como otra máquina dentro de la máquina universal. Lo que hizo Touring, en el siglo XX, fue reformular este concepto en los términos matemáticos de la ciencia computacional, y crear el primer modelo de máquina inteligente, demostrando así lo que ya había demostrado Pascal con su calculadora, es decir, que si se puede crear una máquina inteligente inspirándose en el funcionamiento del cerebro humano, también se puede concebir el cerebro como una máquina orgánica. Otra colaboración significativa en este ámbito, entre psicólogos e ingenieros electrónicos, fue la del conocido psicólogo conductista llamado Burrhus Frederic Skinner, en un proyecto militar denominado Proyecto Pelícano, en el desarrollo de modelos cibernéticos de control orgánico de proyectiles durante la Segunda Guerra Mundial. La expresión «control orgánico de proyectiles» se refiere a que Skinner entrenó a palomas para guiar misiles a objetivos como barcos o tanques de guerra. De este modelo, aportado por los estudios de Skinner con palomas, se derivaron modelos cibernéticos de control mecánico de proyectiles que contribuyeron al desarrollo del primer computador digital moderno.

Esta metáfora fue realmente útil a los primeros informáticos de la época, como el matemático John Von Newman, y dio grandes resultados para el desarrollo de las primeras computadoras, pero el problema surgió cuando, más adelante, los psicólogos cognitivos quisieron invertir su sentido. En efecto, los psicólogos cognitivos razonaron que si el cerebro era un modelo efectivo para el desarrollo de ordenadores, esto significa que el cerebro se puede considerar igual que un ordenador, por lo que concluyeron que se podría optimizar el funcionamiento del cerebro de la misma forma que se optimiza el funcionamiento de un ordenador. Como un ordenador es tanto mejor cuanta más información tenga en su memoria y más rápido la procese, este mismo principio lo quisieron llevar al cerebro humano, y de esta correspondencia se derivaron, de forma tácita e inconsciente, los principios que definen el sistema educativo como un sistema de programación memorística del cerebro de las personas. En cualquier manual de psicología cognitiva se puede comprobar cómo el objetivo fundamental del paradigma filosófico de esta ciencia es «conocer cómo el ser humano adquiere información, cómo la representa, transforma y recupera una vez almacenada.» Lachman y Butterfield, dos psicólogos que definieron, en la segunda mitad del siglo XX, la psicología cognitiva desde el marco de la ciencia cognitiva y las teorías computacionales del procesamiento de la información, escribieron: «Hay una diferencia entre que un científico piense en los seres humanos como si fueran animales de laboratorio y que lo haga como si se tratara de computadores.» Herbert Simon, coautor del GPS, declara en el año 1957: «De aquí a diez años la mayoría de las teorías psicológicas tendrán la forma de un programa de computador.», a lo que la psicología cognitiva del procesamiento de la información de la época responde: «Las teorías psicológicas no tienen por qué ser programas de computador, pero si como ellos en cuanto a su consideración del pensamiento como programa formalizado de almacenamiento de información.» Es decir, que ya se equipara abiertamente a las personas con una computadora y la información con el conocimiento, en el sentido de un saber significativo, cuando en realidad el aspecto informativo del lenguaje no es más que un significante absolutamente carente de significado, ya que el significado se lo tiene que dar el sujeto que recibe ese significante. Esto quiere decir que la información son palabras vacías, lenguaje hueco que debe ser llenado por la persona según su capacidad de dar significado a estas palabras en base a la conciencia reflexiva acerca de su experiencia en la materia.

La sobrecarga de información del cerebro, entendido bajo la metáfora del ordenador, se debe, en último término, a los fundamentos filosóficos que se hallan detrás de estas nociones científicas, es decir, el monismo metodológico del neopositivismo europeo y la filosofía funcionalista norteamericana. El monismo metodológico quiere decir que consideran la materia como el único principio de todo lo que existe, y que el conocimiento de la realidad debe de seguir una metodología de tipo lógico-inductiva, es decir, razonamiento lógico de los hechos observables de los que, por medio de análisis estadístico, se obtendrán leyes generales. Esta metodología se centra en pruebas documentadas en base a fenómenos experimentales y observacionales, lo que tiene la dramática implicación de concebir el conocimiento como la acumulación descriptiva y documental de datos percibidos objetivamente, para realizar estudios estadísticos sobre los mismos. Esta concepción del conocimiento como proceso de documentación y acumulación de datos, se extrapola al ser humano, entendiendo su conocimiento análogamente como un proceso de documentación y acumulación de datos. Este proceso documental se refiere a la acumulación de descripciones, y se contrapone a la concepción explicativa lógico-deductiva. El método lógico-deductivo aplicado a las ciencias metafísicas, como la psicología, trata de identificar las causas y no tanto los procesos finalistas, es decir es más causológico que teleológico. Este trata de dar explicaciones referidas al plano metafísico de las causas primeras, y no al plano físico de los efectos, trasnferidos en causas segundas de orden teleológico. En consecuencia, lo que importa desde el punto de vista neopositivista y funcionalista es la acumulación del mayor número de descripciones posibles sobre los fenómenos observados y sus procesos de desarrollo, ya que se cree, ingenuamente, que cuanta mayor precisión descriptiva se logre de un fenómeno, más se conoce su causa. Pero lo cierto es que la causa que se conoce es la causa aparente relativa al plano de manifestación material, plano de los fenómenos, que es, en realidad, un efecto. La confusión radica en que estos efectos del plano fenomenológico son vistos como causas, pero su rango causal no va más allá de meras causas segundas. El ejemplo claro de esta tendencia se ve en la medicina occidental, que cree llegar al origen de la enfermedad a través del refinamiento de las descripciones de la microbiológía y los procesos orgánicos objetivamente observables por microscopio, como manda el positivismo lógico, de manera que identifica como causa de una enfermedad el proceso de degeneración de un tejido o el proceso de alteración de algún tipo de molécula bioquímica, como una hormona, neurotransmisor o encima, como manda el funcionalismo pragmático. En definitiva, este estudio descriptivo, basado en la documentación y la acumulación de datos, resulta tan absurda como esperar conocer a una persona por el mero estudio descriptivo de sus características físicas como altura, peso, estructura muscular, color de pelo, color de ojos, color de piel, y demás rasgos constitucionales. El conocimiento está mucho más allá de la mera descripción fenoménica de las cosas, y sus procesos mecánicos, por muy refinada y sofisticada que esta sea. Pero lo cierto es que, como escasea el criterio acerca de lo que es el auténtico conocimiento, la gran mayoría de la gente, incluida la élite académica e intelectual del planeta, cae en esta dramática trampa de la vida. Así la búsqueda de la sabiduría se confunde con acumulación de información, con mera documentación enciclopedista, lo que ha llevado a identificar la erudición con la sabiduría, cuando estas esencialmente no tienen nada que ver.

Este concepto aberrante del aprendizaje, que presenta la psicología cognitiva del procesamiento de la información, en el marco de la inteligencia artificial y las teorías computacionales de la mente, en realidad es una herencia de la psicología conductista practicada en la primera mitad del siglo XX. Las corrientes filosóficas que dieron lugar al paradigma conductista fueron el pragmatismo y el funcionalismo americano, así como el positivismo lógico europeo, ambas corrientes sobre el fondo del materialismo biologicista de corte evolucionista. La psicología cognitiva se suele identificar con una psicología situada a un nivel por encima de la psicología conductista, por aceptar los procesos cognitivos y, en apariencia, la existencia de la mente, cosa que rechaza el conductismo, pero el hecho es que la psicología cognitiva del procesamiento de la información, deriva del mismo paradigma filosófico que la psicología conductista, reduciendo la mente a los simples procesos orgánicos del cerebro y entendiéndola como un epifenómeno derivado de la materia. Es más, la psicología cognitiva del procesamiento de la información es una extensión de la psicología conductista, en concreto del conductismo mediacional, el que, en un momento dado simplemente adoptó el lenguaje de la ciencia computacional. Las bases filosóficas de ambas psicologías, conductista y cognitivista, son puramente materialistas y antiespirituales, una síntesis de empirismo radical, positivismo lógico, pragmatismo y funcionalismo biologicista de orientación evolucionista. En concreto, el aprendizaje memorístico parte de las concepciones mecanicistas desarrolladas en lo que se ha llamado Teoría motora de la mente, según la que las personas son meros receptores pasivos de estímulos a los que se dan respuestas musculares reflejas, reduciendo la conciencia intencional y propositiva a mera conducta motora de carácter mecánico. Este aspecto de la psicología humana es correcto, pero se limita a un nivel de la misma, el psicomotor, de manera que se toma una parte por el todo, y se comete un grave error al reducir la totalidad del aparato psíquico a este nivel, para tratar al ser humano como un simple autómata que hay que programar lo mejor posible, anulando la posibilidad de que este se libere de la prisión de su mecanicismo encubierto. Es en este contexto en el que hay que situar modelos psicotécnicos norteamericanos como la Programación neurolinguística (PNL), que, tal y como lo expresa su denominación, tienen el objeto de programar el cerebro, es decir, reprogramar mejor el cerebro de las personas sustituyendo programas inadecuados por otros mas adecuados. Lo que hacen estos planteamientos es, en realidad, programar mecánicamente a autómatas de una forma mas refinada y sofisticada, ya que el camino del desarrollo de la conciencia del ser humano es el camino de la desprogramación cerebral.

En consecuencia, el aprendizaje, tanto humano como animal, es considerado como pasivo, receptivo y reflejo, tal y como se estila actualmente en sistema educativo memorístico de la sociedad de la información, en la que la enseñanza consiste en la mera recepción pasiva de información, para repetirla mecánicamente hasta que se halla fijado en la memoria y luego reproducirla con éxito en el examen. Esta dinámica de aprendizaje es aberrante porque refuerza, con el aprobado, una forma de funcionamiento mecánico y reflejo del pensamiento mas propio de un autómata que de un ser humano. Tras el aparente procesamiento activo de la información que se halla supuestamente implícito en las concepciones cognitivas, hay un mero sujeto mecánico que entre el estímulo y la respuesta, ahora input y output, simplemente desarrolla su particular reflejo cortical superior. En esta mecánica la persona da la apariencia de estar pensando, pero su acción se reduce a un proceso asociativo de identificación de patrones lingüísticos, de tipo condicional a modo de si tal entonces cual. Lo que para el conductismo radical era un mero reflejo mecánico entre el estímulo y la respuesta, para el conductismo mediacional pasó a ser una representación o mapa mental, y para la psicología cognitiva un programa informático, pero en los tres casos, un elemento mecánico mediador del comportamiento, cada vez mas complejo. El problema no es concebir el sistema cognitivo como mecánico, ya que lo es, mientras no se realice un trabajo de desmecanización del mismo, sino que el problema es tratarlo como tal a la hora de educarlo y desarrollarlo, ya que esta tendencia mecaniza más la máquina, cuando el objeto evolutivo del ser humano es precisamente el contrario, desmecanizarse. La supuesta aceptación de la mente de la psicología cognitiva del procesamiento de la información, no es más que una mera apariencia tras la cual se halla una pura concepción reduccionista, mecanicista y materialista del ser humano como un cuerpo sin alma preexistente, en la que se ignora absolutamente lo que es el espíritu. Este planteamiento filosófico es el que se halla detrás de la forma en la que se está enfocando la enseñanza en la sociedad tecnoinformática postmoderna, como programación de autómatas, una pura saturación memorística del cerebro que no lleva más que a la capacitación técnica en un área profesional a costa del aturdimiento de la conciencia.

Las viejas generaciones nacidas en la primera mitad del siglo XX, saben muy bien que cuando estudiaban en los años treinta, cuarenta y cincuenta, existía una tradición que se podría llamar escolástica, según la cual el aprendizaje de una profesión suponía una combinación de estudio y práctica guiada por una autoridad en la materia, que enseñaba a sus discípulos el oficio del que se tratara. Por esta razón, cada profesional solía identificar el maestro y la escuela en la que había aprendido su oficio, siguiendo un aprendizaje tan práctico como teórico. Esta tradición escolástica se fue perdiendo en la segunda mitad del siglo XX, en la que la proliferación de la tecnología, la informática y la información disponible hizo que el viejo método de enseñanza se fuera sustituyendo por la mera educación teórica universitaria de tipo memorístico, reduciendo al máximo su carácter práctico. En consecuencia, se puede comprender los dramáticos efectos que esto tiene para las personas que estudian, ya que las deshumaniza progresivamente por mecanizar su inteligencia. Esto no significa que la inteligencia de las personas, en su estado natural, sea una inteligencia humana que funciona y piensa a voluntad, todo lo contrario. En su estado natural de conciencia psicológica, el cerebro humano es igual de mecánico que el procesador de un computador, ya que piensa de forma mecánica sin intervención del sujeto, que no es más que un mero observador pasivo de las cavilaciones que se desarrollan en su cabeza, sin poder detenerlas. Lo que se está diciendo es que la sobrecarga de información del cerebro humano lo somete aún más a su funcionamiento mecánico y pasivo, por lo que este procedimiento educativo se constituye como un elemento aún más alienante y deshumanizador de las personas. Desde la perspectiva de la psicología filosófica, la inteligencia humana en su estado natural funciona de una forma pasiva, involuntaria, mecánica y, por lo tanto, deshumanizada. Esto se debe al hecho de que esta es, en su naturaleza, una inteligencia animal con pequeños destellos de humanidad. El cerebro funciona mecánicamente mientras no se desarrolle un control voluntario y consciente sobre sus funciones, por lo que, cuanto más se sobrecarga de información sin dar oportunidad a que la persona trate de detener efectivamente su pensamiento, y desarrolle su capacidad de análisis crítico, más mecánica e inconsciente se vuelve su inteligencia. El desarrollo de la conciencia espiritual, más allá de la conciencia psicológica del hombre común, y de la auténtica inteligencia humana se encuentra, precisamente, en detener el pensamiento y, una vez establecido control voluntario sobre éste, aprender a pensar de forma voluntaria bajo la luz de la propia consciencia, desarrollando un auténtico análisis critico de las experiencias de la vida.

Además de la detención del pensamiento, el desarrollo de la auténtica conciencia humana, la conciencia espiritual, supone la purificación moral de la conciencia psicológica, es decir, la eliminación de las pasiones, vicios, compulsiones, perversiones y motivaciones ocultas en el inconsciente de las personas. De lo contrario, el refinamiento de la inteligencia de la población en su estado natural de conciencia psicológica animal, produce el refinamiento de la inteligencia animal, la cual se encuentra al servicio, única y exclusivamente de las pasiones e intereses animales. La conciencia psicológica animal es pura inconsciencia, como un burro que vive a ciegas sometido a las pasiones derivadas de su estupidez no aceptada. Lo dramático es que la educación de un burro haciéndole memorizar información no humaniza al burro, sino que, como en el caso del mono, lo convierte en un burro culto y letrado, es decir, en un superburro, que justifica sus burradas con buenos argumentos científicos derivados de su culta educación. Esta es una forma irónica de expresar lo que está sucediendo actualmente en el mundo, en un sistema educativo que aliena de la forma descrita el cerebro de las personas, anula el pensamiento y la capacidad reflexiva en favor de reflejos mnémicos superiores y degrada de esta forma la poca conciencia que actualmente le queda al ser humano que habita este planeta. La auténtica educación tiene que derivar en la humanización de las personas y el desarrollo de su conciencia, lo que implica la asimilación de los propios defectos morales y psicológicos, y no sólo en su capacitación técnica para ocupar un puesto en la sociedad. El materialismo imperante desde el inicio de la Edad Moderna ha convertido la vida de las personas en una carrera por acumular riqueza y bienes materiales, y la educación de las masas reciben tiene este único objeto, que las personas ocupen un puesto en la sociedad, cumplan con su rol social y sean productivas a nivel material. Toda cuestión moral o ética queda restringida a la intimidad del hogar de cada persona según lo que considere, ya que la ciencia «pura» no tiene en cuenta la dimensión moral, solamente se rige por la lógica finalista de logro de objetivos en la producción de bienes materiales. Esto ha llevado a que las personas identifiquen el ser con la posición que ocupan a nivel socioeconómico, es decir, con su rol social, entendiendo que son más cuanto más importante es el rol que desempeñan. Esta identificación de rol deriva del hecho de haber identificado la inteligencia con el ser, en detrimento de la conciencia, de manera que se acaba concluyendo: «tantos títulos, tal posición, tanto dinero tienes, tanto eres».

La alienación memorística de la mente produce un síntoma patológico alterador de la conciencia denominado criptoamnesia. Este síntoma consiste en que el sujeto se olvida de que lo que piensa, que cree muy original y creativo, es un contenido ajeno a su conciencia que ha sido introducido en ésta de forma inadvertida, como una mera corriente de opinión colectiva. Este fenómeno se puede apreciar claramente en los adolescentes que, influenciados por los medios de comunicación, empiezan a vestir a la moda, pero están absolutamente convencidos de que ese es su más genuino y auténtico gusto personal, y se molestan si se les dice que no es más que una moda de masas. La criptoamnesia está asociada a un síndrome neurótico característico, que la psicología profunda de Carl Gustav Jung definió con el nombre de inflación psicológica. En el contexto que se esta tratando aquí, la inflación psicológica se relaciona con el hecho de acumular grandes cantidades de información en el cerebro, al clásico modo de erudito, normalmente a través de méritos académicos, que hace que el sujeto pierda la noción de sí mismo y se identifique con su título profesional, o social, asegurando ser un importante psicólogo, abogado, médico, empresario, artista, o demás posiciones superimportantes. Este fenómeno corresponde a una actitud que la psicología social denomina confusión de rol, consistente en que la persona confunde su rol social con su identidad psicológica. En consecuencia, la confusión de rol en el fenómeno neurótico de inflación psicológica genera conflictos del tipo «usted no sabe quien soy yo, usted no sabe con quién está hablando, yo soy el doctor no se cuantos». La identidad de rol social corresponde a la identidad que la persona adopta en su colectivo, es decir, su identidad como miembro de un colectivo que se caracteriza por ser inconsciente. En relación a este fenómeno neurótico, no se trata de cuestionar el real alcance de la proyección social de la persona en cuestión, sino del hecho de que el sujeto confunde su identidad interior con su ocupación, es decir, con la formación o información que se halla alojada en su cabeza y que le da capacitación técnica en el área correspondiente. En este sentido es importante sustituir la expresión soy psicólogo, médico, artista o el caso que sea, por trabajo como psicólogo, médico, abogado, artista, o bien, decir me dedico profesionalmente a tal actividad.

Comprendido este hecho, hay que comprender una manifestación más sutil del mismo fenómeno psíquico, la que se refiere a la propia identidad personal, que no deja de ser una sugestión de las mismas características que la que produce el fenómeno de la identificación de rol. La identidad personal, es decir, la identidad civil del propio nombre y apellido, es una estructura sugestionada a lo largo de la propia vida, que aglutina todo el grueso de la información que ha sido introducida en la cabeza de la persona a través de la educación familiar, escolar, religiosa, y cívica. En consecuencia uno no debe decir que es su nombre y apellido, sino que se llama de esta forma, por no decir que lo llamaron de esta forma sin que uno recuerde en qué momento eso sucedió ni tenga la menor idea de por qué. Este hecho obliga a sustituir la expresión soy fulano y soy tal profesión por me llamo fulano y trabajo como tal profesión. Este simple gesto marca un distanciamiento entre el propio yo y la información que está contenida en la memoria, y supone un principio para empezar a dominarla y someterla a la propia voluntad consciente. Resulta interesante pararse a pensar quién es uno si padeciera un trastorno agudo de amnesia durante una horas por un golpe en la cabeza debido a una caída, y perdiera el acceso por completo a toda la memoria permanente de tipo biográfico acerca de cómo se llama, dónde vive, cuál es su profesión y a qué familia pertenece. En ese caso se puede comprender que uno es la simple presencia consciente que es capaz de desarrollar por sí mismo a través del mantenimiento del alerta atencional, de manera que a la pregunta acerca de quién es uno sólo cabría responder yo soy yo, el que soy o la que soy. Esto es lo que corresponde al nivel de la consciencia espiritual del individuo, por encima de su consciencia psicológica, su personalidad y su identidad social particular. Esta sería una situación en la que la persona quizá podría conectar por primera vez con su autentica identidad espiritual, liberada de todo el repertorio mnémico de información grabada en su cabeza sin análisis crítico, desde la más tierna infancia. Este seria un caso accidental del sentido espiritual de la alienación, a diferencia del sentido psicológico que se esta describiendo. La alienación espiritual, a la que se refiere el término filosófico kénosis, es el proceso inverso al de alienación psicológica, en el sentido de que la conciencia psicológica de la persona deja de verse alienada por un falso yo, correspondiente a toda la información que ha recibido en su memoria desde la infancia, a través de la educación familiar, escolar, religiosa, y sociocultural, para verse alienada o posesionada, en este caso de una forma positiva, por su auténtico ser.

En cambio, lejos de seguir este camino del ser, como decía el estoico Catón el Joven el camino del estúpido, las personas, en su neurosis, siguen el camino del listo, es decir, el camino de la información, de saber cada vez más, para compensar así el complejo de inferioridad propio de la constitución natural de la conciencia psicológica, ajustándose a los valores de la sociedad de la información. Es así como la persona, desde su angustia neurótica, se convierte en perseguidora, devoradora y consumidora compulsiva de información, y llega a pasar horas leyendo periódicos y artículos en diferentes fuentes para contrastarlas, calmar su angustia y sentir que está bien enterada de la actualidad y que cumple con los estándares de la sociedad. La persona pretende evitar así la bochornosa angustia de que le pregunten por alguna innovación de última hora y que «no se la sepa». Hay que decir que, generalmente, estas innovaciones suelen ser conceptos de toda la vida a los que se les ha dado un nuevo nombre súper sofisticado que da la sensación de estar aportando algo totalmente nuevo, una simple forma eufemística utilizada por la mercadotecnia para comerciar con la información generando la sensación de estar ofreciendo algo de última generación. El falso concepto de progreso como una linea ascendente con la linea del tiempo, hace creer a los incautos que todo lo de última generación es lo máximo que se ha conseguido, cuando la realidad es que es justo lo contrario, suelen ser contenidos de última degeneración. El efecto que este tipo de neurosis informática tiene a nivel interpersonal, es que estas personas luego se dedican a exhibir ante los demás su gran documentación, hablando de todo lo que han estado leyendo angustiosamente para dar luego la talla en sociedad, haciendo sentir a los que no están tan documentados, que son unos ignorantes. Desde el punto de vista de la inflación psicológica derivada de la neurosis informática, para que haya un listo bien documentado, allí dónde éste se encuentre debe de haber también un tonto indocumentado al que sentar cátedra. Este hecho obedece al componente narcisista de la neurosis, que impulsa a la persona a querer ser perfecta y mostrarse perfecta ante los demás, en este caso en relación al nivel de documentación informática alcanzado, compensando así el complejo de inferioridad subyacente. Entonces aparece el mecanismo del avasallamiento intelectual, que hace que estas personas se muestren pedantes, tengan que tener siempre la razón, decir la última palabra y quedar por encima de los demás. En este caso suelen llevar la conversación siempre a su terreno, dónde hacen uso de su superdocumentación y su rapidez intelectual combinando vertiginosamente los datos para quedar por encima en la conversación. Estas suelen ser personas que en un principio resultan muy atractivas por tener una conversación culta e interesante, pero poco tiempo transcurre hasta que uno se encuentra totalmente abrumado por sus interminables monólogos egocentristas y su pedantería intelectual.

Realizada esta descripción del problema de la alienación informática en la que se cae a través del método de estudio memorístico, se puede pensar que lo mejor es no estudiar y alejarse lo más posible de la información. Esta no es la solución al problema, ya que la adaptación a la sociedad actual exige estar mínimamente documentado en el campo profesional al que uno se dedica, así como en todo lo referente a las propias responsabilidades legales, administrativas, laborales y fiscales. La desinformación constituye un grave desorden que puede tener consecuencias muy perjudiciales para uno. De la misma forma, el desarrollo de una profesión sin tener la formación correspondiente requerida por el ordenamiento jurídico regulador de dicha actividad, supone una negligencia grave que puede tener consecuencias muy negativas no solo de tipo civil sino hasta penal. En consecuencia, hay que aprender a vivir en semejante entorno sabiendo moderar la información que entra en la cabeza y alojándola de la forma más consciente y significativa posible. Para este fin hay que adquirir ciertos hábitos preventivos a la hora de estudiar o trabajar en campos que requieren de la asimilación de mucha información, como el estudio de carreras universitarias, los estudios doctorales, concursos por oposición, o en el ejercicio de profesiones como abogados, jueces, ingenieros e investigadores, entre otras. El desarrollo de criterio significativo exige el desarrollo progresivo una alta capacidad de concentración mental y dominio de la atención, para lograr mantenerse en un alto nivel de vigilia y alerta mientras se está estudiando, tratando de mantenerse quieto, consciente de la posición corporal y de la propia respiración. La concentración mental y el dominio de la atención es una disciplina técnica que solamente se llega a dominar tras un largo proceso de práctica sostenida, guiado por una persona muy experimentada en la práctica. Esta práctica requiere de la aplicación de técnicas de vacío mental, técnicas de inmovilidad, técnicas de control respiratorio y técnicas de movimiento consciente, entre otras. En todo caso, la vigilia se mantiene alta por medio de hábitos saludables como dormir lo suficiente, hacer ejercicio físico diario, nada más levantarse, que implique habilidad coreográfica, correcta alimentación, no consumir ningún tipo de droga, y tratar de tener el máximo dominio de la atención concentrada en el presente en toda situación en la que uno se encuentre.

En este estado de alerta hay que tratar de razonar lo máximo posible lo que se estudia, es decir, darle coherencia lógica comprensible, sometiendo la materia a análisis crítico y reflexivo, dudando o dejando en tela de juicio todo aquello que uno no logre ver con claridad. En todo momento hay que tener claro qué es lo que uno piensa porque lo ha estudiado, y qué es lo que uno piensa porque lo ha concluido por reflexión sobre la propia experiencia, para evitar así el fenómeno de la criptoamnesia. Realmente vale más no tener criterio y reconocer que uno está un poco perdido, que adoptar una corriente de pensamiento de forma postiza para evitar la sensación interna de estar profundamente confuso y desorientado acerca del sentido de la vida.  Todo lo que se estudia suelen ser corrientes de pensamiento y opinión científica, que hoy son dogma racional, pero mañana han quedado desfasadas por los nuevos avances y han pasado a ser teorías equivocadas. Por eso se dice que en la ciencia, las verdades de hoy son las mentiras de mañana. En este caso, sucede exactamente igual que con las modas estéticas, en las que la persona que adopta a ultranza la estética de una subcultura urbana, demuestra no tener demasiada identidad propia. Otro aspecto es que hay que tratar de concretar el contenido estudiado, lo que significa relacionarlo con el campo de la propia experiencia, si es posible de una forma directa, y si no, utilizar el principio de correspondencia buscando experiencias vividas que se acerquen a lo estudiado de forma análoga. La correspondencia analógica permite dar significación indirecta a la información recibida, y lograr una especie de significado diferido de la misma. A partir de este significado diferido hay que tratar de tener experiencias que permitan contrastar estas conclusiones para comprobarlas por uno mismo. Respecto al ritmo de estudio hay que tratar, en la medida de lo posible, adaptarlo al máximo al ritmo natural de asimilación. Cada persona tiene un ritmo, pero hay que tener en cuenta que el ritmo impuesto por el sistema suele forzar al estudiante a actuar bajo un estilo de control cognitivo rápido-impulsivo y no lento-reflexivo. El estilo rápido-impulsivo es muy eficiente intelectualmente pero ve muy limitada su comprensión de las materias, mientras que el lento-reflexivo no es tan eficiente, pero comprende mucho mejor lo que abarca. Esto es lo mismo que si dos personas cruzan un río, una nadando por la superficie y otro buceando por el fondo. El que nada llega muy rápido pero sólo conoce el río superficialmente, no ve nada de lo que hay en el fondo, mientras que el que bucea tarda más pero conoce el río en profundidad. Esto significa que no siempre aprobar antes una materia significa estar más y mejor preparado, al contrario, ya que la materia suele estar asimilada muy superficial e inconscientemente en la cabeza. El que va más lento y tiene que invertir más tiempo y esfuerzo, suele comprender mucho mejor las cosas, con más consciencia, porque las procesa más y las asimila mejor.

El estudio significativo supone comprender algo de crucial importancia, el hecho de que la objetividad en el juicio depende de que uno salga de su posicionamiento personal, el cual está condicionado por los propios intereses, deseos, miedos, debilidades y defectos inconscientes no asumidos. Todos estos contenidos del inconsciente condicionan el propio estilo cognitivo, el filtro perceptivo a través del cuál uno está juzgando, la perspectiva subjetiva a través de la que uno razona, que se manifiesta a través de la propia conciencia psicológica. La objetividad de juicio se halla en un nivel metapsicológico, en el nivel de la conciencia espiritual, que tiene la capacidad de salir del propio posicionamiento subjetivo sometido a las inclinaciones personales. En este sentido se puede definir el criterio interno y la objetividad de juicio, como el juicio que se halla más allá de los propios intereses personales en el asunto, el cual se forma cuando uno se esfuerza habitualmente en verse a sí mismo en las propias injusticias y los propios defectos. Este es el sentido del antiguo aforismo griego grabado en el frontispicio del templo de Delfos que dice «conócete a tí mismo», ya que sin el conocimiento de uno mismo todo conocimiento resulta un conocimiento de segundo orden que no conduce al conocimiento del ser de las cosas más allá de las apariencias, ya que este conocimiento solo se obtiene por medio del conocimiento previo del propio ser. El problema es que el conocimiento del propio ser implica el conocimiento previo de la miseria psicológica y del propio fantasma personal, y esto es algo a lo que muy pocos están dispuestos. Esta es la razón por la que estudio memorístico lleva al sujeto a ser un aparente conocedor de todo excepto de sí mismo y, en consecuencia, a ser un extraño para sí mismo, pero un extraño de sí mismo, eso si, erudito y letrado, que con toda seguridad acabará su vida de forma trágica. Esto es algo normal, ya que el desconocimiento de uno mismo implica desconocer cómo uno se conduce en la vida, y no tener el control sobre la forma de vivir, lo que es como conducir un coche que no se sabe muy bien cómo funciona, uno acaba estrellándose. El conocimiento de uno mismo es algo de necesidad vital, no es una opción a elegir, y exige la combinación de la relajación profunda con un riguroso análisis consciente, acerca de como actúan los propios intereses, pasiones y defectos en relación al asunto que se juzga. En conclusión, a efectos prácticos el desarrollo del criterio interno y la capacidad significativa implica aprender a reflexionar sobre la propia experiencia teniendo en cuenta los defectos, pasiones e inclinaciones personales, bajo un riguroso sentido de la justicia, en un estado de relajación profunda, inmóvil y consciente de uno mismo, del propio cuerpo y la propia respiración.

 

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