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En la sociedad tecnológica promovida por el capitalismo tardío los electrodomésticos se han ido incorporando progresivamente a la vida cotidiana de las personas. La institucionalización de la ciencia ha implantado una ideología tecnocrática asimilada socialmente como una forma de actuación sometida exclusivamente al logro de metas, sin dejar espacio alguno a la consideración de los efectos que las innovaciones tecnológicas puedan tener sobre la salud física, psiquica o moral de la población. Una de las características principales de esta nueva forma de organización social es la aceleración de los procesos de producción y consumo de productos. Este principio obedece a la máxima implícita de cuanto antes y más rápido mejor, la cual deriva de la excitación hedonístico-compulsiva del centro instintivo de las personas, es decir, de sus apetitos animales. En este proceso de desarrollo tecnológico ha aparecido un nuevo problema de salud pública en la sociedad, el electroestrés. Este consiste en una nueva forma de estrés que afecta a la población a partir de verse sometida al efecto de múltiples ondas electromagnéticas derivadas de toda la gama de aparatos electrónicos que llenan los espacios domésticos de cada hogar. Uno de estos aparatos es el horno microondas, el cual ejerce un efecto muy pernicioso sobre la salud física y psicológica de sus usuarios, en este caso no tanto por la irradiación más o menos directa del aparato sobre la persona, sino por la grave alteración que estas ondas ejercen sobre los alimentos que se ven expuestos a las mismas.

Los hornos generadores de calor por microondas actúan según principios de corriente alterna, a través de campos electromagnéticos que generan calor en las sustancias por fricción interna, y no por inducción externa. La transmisión de calor por irradiación o por inducción implica que el calor se transmite de afuera hacia dentro, desde la fuente radiante de calor hasta la sustancia o cuerpo receptor. El calor producido por fricción en una sustancia actúa desde dentro de la misma sustancia, porque la fuente de calor, un campo electromagnético generador de ondas por corriente alterna, afecta a las moléculas de agua sometiendo a su estructura a una violenta fricción que golpea los enlaces de sus átomos, excitándolos, para que liberen su energía en forma de calor y así calienten la sustancia o cuerpo en cuestión. Esta excitación de las moléculas de agua, por una transmisión excesiva de energía, de mil wattios de potencia, produce el efecto de invertir su polaridad, campo magnético vital, alterando su oscilación natural de una a mil millones de veces por segundo, oscilación excesivamente acelerada no soportable por un sistema orgánico celular. La exposición de la materia orgánica a semejantes frecuencias vibratorias es un efecto provocado artificialmente contra natura, y esta es la razón por la que semejante contraste de frecuencias neutraliza el potencial eléctrico de la célula al hacerlo oscilar a una velocidad muy por encima de su tolerancia vibratoria, lo que rompe su campo psicofísico de energía vital. Las microondas producen una violenta alteración de los enlaces atómicos de las moléculas de agua para provocar la liberación de su energía en forma de calor desde la estructura más interna e íntima de las mismas, lo que produce que las moléculas sean violentamente alteradas y deformadas, y estas provoquen alteraciones en las células que absorben ese agua por dañar seriamente a su citoplasma y su membrana.

Esta generación de calor por fricción se llama efecto térmico, y produce en las sustancias, en este caso el agua, lo que se llama isomerismo estructural, o isomerismo constitucional. Un isómero del agua es la propiedad que esta adquiere al ser expuesta a las microondas, de manera que este compuesto químico presenta igual formula molecular, es decir, iguales proporciones relativas de los átomos que conforman sus moléculas, pero adquiere una estructura química distinta, así como diferentes propiedades. El isomerismo estructural, es una forma de isomerismo donde las moléculas con la misma fórmula molecular tienen una diferente distribución de los enlaces entre sus átomos, es decir, diferente estructura química, o sea que, manteniéndose su fórmula molecular, misma molécula, se altera su fórmula estructural, lo que produce una diferente sustancia de la original, por lo cual el agua, en este caso, pareciendo la misma sustancia en realidad pasa a ser otra, parece la sustancia pero no lo es, y por no ser la sustancia no produce los efectos esperados de esa sustancia sino otros, acordes a la alteración que esta ha sufrido.

El isomerismo estructural supone, técnicamente, la alteración química de los nutrientes que se ingieren, siendo estos convertidos, básicamente, en un conglomerado deforme de toxinas y radicales libres, metabolitos secundarios con serias alteraciones de su estructura atómico-molecular que además de no resultar nutrientes para el organismo, lo intoxican y suponen una seria amenaza para la integridad y la salud de sus tejidos, aparatos y sistemas. En concreto, estas toxinas actúan en el cerebro como neurotoxinas, es decir, venenos para las neuronas. El efecto de un isómero estructural del agua sobre una célula es la lesión de su estructura, lesiona la estructura interna del citoplasma y, en consecuencia, el cuerpo celular, así como el funcionamiento de su membrana. En el caso de las neuronas, este efecto produce una dramática alteración de sus potenciales de acción, ya que altera absolutamente el intercambio de iones en el efecto de despolarización de la membrana neuronal que se produce en la conducción del impulso nervioso. El impulso nervioso se transmite por un efecto de despolarización de la membrana neuronal que supone el intercambio de fluido intracelular y extracelular, a través de la apertura de canales químicos de iones como el sodio, el potasio, el calcio, el cloro y el magnesio, entre otros, que se desplazan por difusión en un medio acuoso salino citoplasmático, de forma equiparable a cuándo una presa de agua abre sus conductos. El isómero del agua ve alterada tanto su estructura molecular como sus componenetes hidrolíticos, sus iones, lo que altera sus propiedades hidroeléctricas conductoras, lo que altera, a su vez, la transmisión de los impulsos nerviosos y, en consecuencia, la actividad vibratoria de las membranas neuronales, que es como su pulso o latido vital. Todo este proceso desemboca en una seria alteración de las frecuencias cerebrales en el estado de vigilia normal del sistema nervioso.

El efecto emocional y conductual de estas alteraciones psicofisiológicas es un notable incremento de la labialidad emocional, el estrés y la ansiedad, además de un tipo particular de estrés denominado estrés crónico, que afecta seriamente a la salud tanto física como psicológica de la persona. La alteración de las frecuencias cerebrales del estado de vigilia normal, frecuencia beta, alrededor de los 14 Hz, hercios o ciclos por segundo, provoca una alteración en el estado de conciencia del sujeto, un aumento de su frecuencia cerebral hacia las ondas gamma, correspondientes a los estados emocionales alterados o exaltados, así como la aceleración del proceso degenerativo de las neuronas. Los escépticos pueden comprobar esto con la prueba de fuego definitiva, o quizá habría que decir la prueba de sangre. Es bien conocido el caso sucedido en el año 1991, en Oklahoma, Estados Unidos, en el que una paciente intervenida de cirugía de cadera, Norma Levitt, falleció a los pocos minutos de haber recibido una transfusión de sangre calentada con microondas. En los depósitos de sangre ésta es conservada en neveras a baja temperatura, entre dos y seis grados centígrados, y su transfusión, a pacientes que han perdido grandes cantidades en quirófano y necesitan transfusión inmediata, requiere que esta sangre sea calentada hasta la temperatura de la sangre corporal, treinta y siete grados centígrados. Por subrealista que resulte, a partir de este caso en los hospitales de todo el mundo se ha prohibido calentar la sangre para las transfusiones con horno microondas. Como los defensores del microondas seguramente no quieran permitir que les hagan una extracción de sangre para pasarla por el micro y luego volver a inyectársela, sin tener que llegar a tal ordalía, pueden probar muy fácilmente lo nocivo que es este aparato regando una planta con agua calentada en microondas, y luego enfriada, en contraste con otra planta regada con agua normal, para ver cómo evolucionan ambas en un plazo de una semana.

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